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| Clara Malbos

Las mascaradas de Costa Rica

Las mascaradas de Costa Rica: un arte vivo que cuenta la historia tica

Cada 31 de octubre, mientras el mundo se viste con calabazas y disfraces de Halloween, Costa Rica celebra sus propias máscaras, las mascaradas, en el marco de una fiesta reconocida como Día Nacional de la Mascarada Tradicional (Día de la Mascarada Tradicional Costarricense). Ese día, las calles de muchos pueblos cobran vida al ritmo de los tambores y las trompetas: es una explosión de música, baile y risas, un homenaje vivo a la creatividad popular del país.

En la pequeña ciudad de Barva de Heredia, cuna histórica de esta tradición, la fiesta es especialmente espectacular. Los gigantes de papel desfilan allí desde hace décadas, acompañados por los cimarronas, esas animadas bandas de música que marcan el ritmo de los pasos de los bailarines. En Escazú, cerca de San José, la mascarada adquiere una dimensión mística: los personajes legendarios del folclore local, como la bruja Zárate o el diablo, invaden las callejuelas empedradas. En Aserrí o Santo Domingo de Heredia, las escuelas y asociaciones de artesanos compiten en imaginación para crear las máscaras más expresivas, mientras que los habitantes se reúnen en las plazas centrales para admirar los desfiles y compartir platos típicos.

Las mascaradas costarricenses tienen sus raíces en las fiestas religiosas de la época colonial, inspiradas en los gigantes y cabezudos de España. Con el tiempo, han evolucionado hasta convertirse en un símbolo de identidad nacional, mezclando humor, sátira y folclore local.

El proceso de creación es totalmente artesanal. Todo comienza con un molde de arcilla: el artesano esculpe a mano el rostro del futuro personaje, ya sea un diablo, una anciana, un político caricaturizado o una figura mítica. Sobre este molde, aplica varias capas de papel maché empapado en cola natural. Una vez seco, se retira el molde, se lija y se pinta a mano con colores vivos (rojo, azul, verde, amarillo) según la personalidad de la máscara. Cada pieza puede requerir varios días, incluso semanas, de trabajo.

En las brumosas montañas de Escazú, un lugar que se dice habitado por brujas, vive Geraldo, un apasionado mascarero. Heredero de un saber hacer transmitido de padres a hijos, perpetúa esta tradición artesanal. Su taller parece un pequeño museo: por todas partes hay caras de colores, personajes grotescos y fascinantes, máscaras gigantes colgadas del techo.

Entre sus creaciones más famosas se encuentran la bruja Zárate, emblema de Escazú, y la Segua, una bruja con cabeza de caballo. Estas máscaras no son simples objetos decorativos: están diseñadas para cobrar vida en la danza. Las más grandes miden hasta dos metros y cubren por completo al bailarín, dando la impresión de que un gigante cobra vida ante tus ojos.

Para aquellos que deseen llevarse un recuerdo, Geraldo también crea máscaras en miniatura, fieles a las originales, que se pueden exhibir u ofrecer como regalo. Y para los viajeros curiosos, abre las puertas de su taller durante todo el año: allí se puede descubrir el proceso de fabricación, escuchar las historias de las leyendas locales e incluso intentar crear una máscara, bajo su amable asesoramiento.

Las mascaradas no son solo una fiesta: encarnan la alegría, el humor y el espíritu comunitario de Costa Rica. En 1997, el Gobierno declaró oficialmente esta celebración Patrimonio cultural inmaterial de la nación, reconociendo su importancia en la preservación de las tradiciones. Hoy en día, las escuelas, los municipios y los artesanos trabajan para transmitir este arte a las generaciones más jóvenes.

Descubrir las mascaradas es sumergirse en el corazón del alma tica, donde la música, la leyenda y el arte se mezclan en una misma carcajada.

¿Y si en tu próximo viaje vienes a conocer a Geraldo en Escazú? En sus manos, el papel y la arcilla se transforman en personajes llenos de vida.

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